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Barthes Roland, English, Español

Am I in love? – Roland Barthes

Dancing,1935 - Edward Steichen

cacher / to hide

To hide a passion totally (or even to hide, more simply, its excess) is inconceivable: not because the human subject is too weak, but because passion is in essence made to be seen: the hiding must be seen: I want you to know that I am hiding something from you, that is the active paradox I must resolve: at one and the same time it must be known and not known: I want you to know that I don’t want to show my feelings: that is the message I address to the other.”

Roland Barthes’ A Lover’s Discourse

pourquoi / why

Even as he obsessively asks himself why he is not loved, the amorous subject lives in the belief that the loved object does love him but does not tell him so.

1.        There is a “higher value” for me: my love. I never say to myself: “What is the use?” I am not nihilistic. I do not ask myself the question of ends.[1] Never a “why” in my monotonous discourse, except for one, always the same: But why is it that you don’t love me? How can one not love this me whom love renders perfect (who gives so much, who confers happiness, etc.)? A question whose insistence survives the amorous episode: “Why didn’t you love me?; or again: O sprich, mein herzallerliebstes Lieb, warum verliessest du mich? – O tell, love of my heart, why have you abandoned me?[2]

2.        Soon (or simultaneously) the question is no longer “Why don’t you love me?” but “Why do you only love me a little?” How do you manage to love a little? What does that mean, loving “a little”? I live under the regime of too much or not enough; greedy for coincidence as I am, everything which is not total seems parsimonious; what I want is to occupy a site from which quantities are no longer perceived, and from which all accounts are banished.

Or again – for I am a nominalist: Why don’t you tell me that you love me?

3.        The truth of the matter is that – by an exorbitant paradox – I never stop believing that I am loved. I hallucinate what I desire.[3] Each wound proceeds less from a doubt than from a betrayal: for only the one who loves can betray, only the one who believes himself loved can be jealous: that the other, episodically, should fail in his being, which is to love me – that is the orgin of all my woes. A delirium, however, does not exist unless one wakens from it (there are only retrospective deliriums): one day, I realize what has happened to me: I thought I was suffering from not being loved, and yet it is because I thought I was loved that I was suffering; I lived in the complication of supposing myself simultaneously loved and abandoned. Anyone hearing my intimate language would have had to exclaim, as of a difficult child: But after all, what does he want?

(I love you becomes you love me. One day, X receives some orchids, anonymously: he immediately hallucinates their source: they could only come from the person who loves him; and the person who loves him could only be the person he loves. It is only after a long period of investigation that he manages to dissociate the two inferences: the person who loves him is not necessarily the person he loves.)

 1 NIETZSCHE: “What does nihilism signify? That the higher values are losing their value.The ends are lacking, there is no answer to this question ‘What’s the use?’ “

2 HEINE: “Lyrisches Intermezzo.”

3 FREUD: “We must take into account the fact that the hallucinatory psychosis of desire not only…brings concealed or repressed desires to consciousness but, further, represents them in all good faith as realized.”

“By a singular logic, the amorous subject perceives the other as a Whole, and at the same time, this Whole seems to him to involve a remainder, which he cannot express. It is the other as a whole who produces in him an aesthetic vision: he praises the other for being perfect, he glorifies himself for having chosen the “perfect other”; he imagines that the other wants to be loved, as he himself would want to be loved, not for one or another of his qualities, but for everything, and this “everything” he bestows upon the other in the form of a blank word, for the Whole cannot be inventoried without being diminished: in “Adorable!” there is no residual quality, but only the everything of the effect. Yet, at the same time that adorable says everything, it also says what is lacking in everything; it seeks to designate that site of the other to which my desire clings in a special way, but this site cannot be designated; about it I shall never know anything; my language will always fumble, stammer in order to attempt to express it, but I can never produce anything but a blank word, an empty vocable, which is the zero degree of all sites where my special desire for this particular other (and for no other) will form.”

Photography: Dancing,1935 – Edward Steichen

Roland barthes

La Espera (Fragmentos de un discurso amoroso)

ESPERA. Tumulto de angustia suscitado por la espera del ser amado, sometida a la posibilidad de pequeños retrasos (citas, llamadas telefónicas, cartas, atenciones recíprocas).

 Espero una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. Puede ser fútil o enormemente patético: en Erwartung (Espera), una mujer espera a su amante, por la noche, en el bosque; yo no espero más que una llamada telefónica, pero es la misma angustia. Todo es solemne: no tengo sentido de lasproporciones.

Hay una escenografía de la espera: la organizo, la manipulo, destaco un trozo de tiempo en que voy a imitar la pérdida del objeto amado y provocar todos los efectos de un pequeño duelo, lo cual se representa, por lo tanto, como una pieza de teatro.

El decorado representa el interior de un café; tenemos cita y espero. En el prólogo, único actor de la pieza (como debe ser), compruebo, registro el retraso del otro; esa demora no es todavía más que una entidad matemática, computable (miro mi reloj muchas veces); el Prólogo concluye con una acción súbita: decido “preocuparme”, desencadeno la angustia de la espera. Comienza entonces el primer acto; está ocupado por suposiciones: ¿y si hubiera un malentendido sobre la hora, sobre el lugar? Intento recordar el momento en que se concretó la cita, las precisiones que fueron dadas. ¿Qué hacer (angustia de conducta)? ¿Cambiar de café? ¿Hablar por teléfono? ¿Y si el otro llega durante esas ausencias? Si no me ve lo más probable es que se vaya, etc. El segundo acto es el de la cólera; dirijo violentos reproches al ausente: “Siempre igual, él (ella) habría podido perfectamente…”, “Él (ella) sabe muy bien que…” ¡Ah, si ella (él) pudiera estar allí, para que le pudiera reprochar no estar allí! En el tercer acto, espero (¿obtengo?) la angustia absolutamente pura: la del abandono; acabo de pasar de un instante de la ausencia a la muerte; el otro está como muerto explosión de duelo: estoy interiormente lívido. Así es la pieza; puede ser acortada por la llegada del otro; si llega en el primero, la acogida es apacible; si llega en el segundo, hay “escena”; si llega en el tercero, es el reconocimiento, la acción de gracias: respiro largamente, como Pelléas saliendo del túnel y reencontrando la vida, el olor de las rosas.

(La angustia de la espera no es continuamente violenta; tiene sus momentos apagados; espero y todo el entorno de mi espera está aquejado de irrealidad: en el café miro a los demás que entran, charlan, bromean, leen tranquilamente: ellos no esperan.)

La espera es un encantamiento: recibí la orden de no moverme. La espera de una llamada telefónica se teje así de interdicciones minúsculas, al infinito, hasta lo inconfesable: me privo de salir de la pieza, de ir al lavabo, de hablar por teléfono incluso (para no ocupar el aparato); sufro si me telefonean (por la misma razón); me enloquece pensar que a tal hora cercana será necesario que yo salga, arriesgándome así a perder el llamado bienhechor, el regreso de la Madre. Todas estas diversiones que me solicitan serían momentos perdidos para la espera, impurezas de la angustia. Puesto que la angustia de la espera en su pureza, quiere que yo me quede sentado en un sillón al alcance del teléfono, sin hacer nada.

El ser que espero no es real. Como el seno de la madre para el niño de pecho, “lo creé y lo recreé sin cesar a partir de mi capacidad de amor, a partir de la necesidad que tengo de él”: el otro viene allí donde yo lo espero, allí donde yo lo he creado ya. Y si no viene lo alucino: la espera es un delirio.

Todavía el teléfono: a cada repiqueteo descuelgo rápido, creo que es el ser amado quien me llama (puesto que debe llamarme); un esfuerzo más y “reconozco” su voz, entablo el diálogo, a riesgo de volverme con ira contra el importuno que me despierta de mi delirio. En el café, toda persona que entra, si posee la menor semejanza de silueta, es de este modo, en un primer movimiento, reconocida.

Y mucho tiempo después que la relación amorosa se ha apaciguado conservo el hábito de alucinar al ser que he amado: a veces me angustio todavía por un llamado telefónico que tarda y, ante cada importuno, creo reconocer la voz que amaba: soy un mutilado al que continúa doliendo la pierna amputada.

“¿Estoy enamorado? –Sí, porque espero.” El otro, él, no espera nunca. A veces. Quiero jugar al que no espera; intento ocuparme de otras cosas, de llegar con retraso; pero siempre pierdo a este juego: cualquier cosa que haga, me encuentro ocioso, exacto, es decir,  adelantado. La identidad fatal del enamorado no es otra más que ésta: yo soy el que espera.

(En la transferencia, se espera siempre –en lo del médico, el profesor, el analista. Más aún: si espero frente a la ventanilla de un banco, en la partida de un avión, establezco enseguida un vínculo agresivo con el empleado, con la azafata, cuya indiferencia descubre e irrita mi sujeción; de modo que se puede decir que, en donde quiera que haya espera, hay transferencia: dependo de una presencia que se divide y pone tiempo a su darse; como si se tratase de hacer decaer mi deseo, de agotar mi necesidad. Hacer esperar: prerrogativa constante de todo poder, “pasatiempo milenario de la humanidad”.)

Un mandarín estaba enamorado de una cortesana. “Seré tuya, dijo ella, cuando hayas pasado cien noches  esperándome sentado sobre un banco, en mi jardín, bajo mi ventana.” Pero, en la nonagesimonovena noche, el mandarín se levanta, toma su banco bajo el brazo y se va.

Barthes Roland, “La Espera”, en: Fragmentos de un discurso amoroso,S.XXI, México, 2004. pp. 123-126.

the world roland barthes

“A lover’s discourse fragments” by Roland Barthes

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